Pelayo Ortega (2)
Habitar la pintura
Además, en cada momento, la cotidianeidad ha sido parte esencial del trabajo de Pelayo Ortega. Sus reivindicaciones, que expresa, a menudo, con un tesón acongojante, se nutren de vivencias, presencias y ausencias, que remiten una y otra vez a ese entorno habitado. Por eso mismo, en esta exposición hemos querido incidir en ambas cualidades, ejemplificando esa pureza plástica que Pelayo Ortega ha mantenido Impertémta desde comienzos de los ochenta, y subrayando también esa "historia pintada", que parte de su hábitat directo, su querido Gijón, su ciudad y sus bamos, pisados sin prisa, para desarrollar historias. Un principio sin fin.
Se representan las series más atractivas de los años ochenta y noventa, especialmente aquellas donde el dibujo tiene aspectos especialmente originales, y contundentes respecto al grueso de la trayectoria orteguiana. Hay, por tanto, ejemplos de los años ochenta, con impetuosas espirales que recrean el dibujo de la etapa expresionista y neofigurativa de principios de los ochenta, con las escenografías metafísicas que incorporan algunas lecturas sobre la ciudad, y, por supuesto, con la maravillosa edad de La provincia. Para esta última, ya conocida por el público asturiano, hemos buscado arrabales y composiciones poco habituales en anteriores exposiciones, con el fin de aportar nuevas luces a un periodo que merece la pena repasar: En los años noventa, la provincia blanca se llena de contrastes, que aquí confluyen. Sutiles tensiones entre grises y blancos, de colores templados que aún arropan a las luces norteñas, con escenas repletas de ternura, y miradas de guiños infantiles. Guiños al espacio, y a ese Gijón racionalista, que el pintor tanto admira, y referencias anónimas a instantes que detienen el tiempo. El dibujo se sintetiza, convirtiéndose en línea, en línea blanca de esa provincia blanca que habla de un alma, blanca y pura. Y llegamos, finalmente, al campo de la pintura, arando la pasta pictórica como quien siembra, por si fuese posible, en un futuro, seguir captando frutos. Respetando, además, el centro elegido para la exposición -el Museo Nicanor Piñole- la selección de obras de Pelayo Ortega ha sido concebida también como un velado homenaje al maestro, dueño de silencios, pintor para pintores, germen de unas pocas conciencias que, como el protagonista de estas páginas, han sabido defender la pintura y la ciudad, habitando calles y materia, en armonía.
© Texto: Ángel Antonio
Rodriguez. |
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